
Érase una vez
«Vuela, príncipe, vuela…», susurró la princesa acodada en la almena del torreón.
El valiente caballero sobre un blanco corcel llegó al castillo de Loarre con el cuento bien aprendido: debía matar al dragón, besar a la doncella, ser felices y comer perdices. No se le ocurrió —al desdichado— preguntarle antes a la dama si era infeliz, si quería ser rescatada, si tenía por costumbre besar a desconocidos o si prefería el tostón o la perdiz; tampoco consideró el galán que la princesa pudiese vivir en aquel castillo por voluntad propia, o que en realidad mantuviese una relación consentida y diversa con el dragón, ni mucho menos sospechó que la sonrisa que reflejaba su bello rostro no fuese sincera cuando se acercó hasta él y lo empujó al vacío desde lo alto de la torre. Fin.
Autor: Ángel Toribio Sevillano, de Madrid
