
Luz fija
Dice usted que no lo vio venir.
Cuenta que subió los 234 escalones de la Torre de Hércules, de guardia. Que costó abrir la puerta de la linterna, como si alguien la hubiera abierto y cerrado con cuidado. En el cristal, negro por fuera, se vio reflejado un segundo. El aire olía a quemado, no a salitre. Repítalo. No lo vio venir.
Vuelva al principio. Los escalones, otra vez. ¿Qué mano abrió la puerta? Siempre la suya.
Deme la hora. Duda. Las tres. Luego las tres y media. El mecanismo de giro se detuvo esa noche, sin motivo registrado, con el haz fijo sobre el mar. Una luz fija no miente. Solo calla.
Sus manos. Frías. Le tiemblan.
La trampilla del mirador. Cerrada. Otra vez: cerrada. Tercera vez: cerrada. La repetición no es prueba. Es necesidad.
Hábleme del cuerpo, al pie de la linterna.
Usted se detiene. El motor deja de vibrar.
Mire el cristal: el mismo donde lleva tres noches ensayando esta declaración. Practique no ver venir lo que ya ha visto.
Mañana se lo preguntarán de verdad.
Y usted, otra vez, dirá que no lo vio venir.
Y en el cristal, alguien sigue sin verlo venir.
Autor: Antonio Miguel García Corral, de Ferrol (A Coruña)
